Caminar por Navarra, de Uterga a Villatuerta

A partir de este punto, lo que hacíamos era salir del albergue en ayunas, y calculabamos desayunar pasada más o menos una hora en el primer pueblo que encontrasemos. Después, haciamos una tirada de unos 10-12 kilometros más, con una parada intermedia, para beber agua y descansar unos 10 minutos. La siguiente parada era la del vermut. Bueno, mejor dicho, la de la Coca-Cola, porque lo que hacíamos era recargar el azúcar perdido. Y ya la siguiente, como una hora después, era la parada de la comida.  La teoría era que esta parada tenía que ser en el lugar donde teníamos que pasar la tarde y dormir. Pero esto tardamos algo más en conseguirlo.

Obanos (Navarra)

Con este planning, salimos de Uterga a las 7’00 de la mañana para desayunar en el siguiente pueblo, Muguruza. El problema fue que al llegar poco después de las 7’30 de un domingo, todo estaba cerrado. Así que no queda más remedio que seguir un poco más hasta llegar a Obanos. Obanos es un pueblo bastante monumental, conocido porque es aquí, y no en Puente la Reina, donde el Camino Francés que vamos siguiendo se une con el ramal que atraviesa el Pirineo por el Puerto de Somport, en Huesca, y pasa por Jaca.

A Obanos llegamos a las 8, y aunque aquí hay bastantes bares y restaurantes sólo encontramos uno abierto, y bastante escondido. Pero lo encontramos, así que pudimos desayunar y seguir tirando.

Desviarnos o no desviarnos, esa es la cuestión

Muy cerquita de Obanos, a un par de kilómetros está la famosa iglesia de Santa María de Eunate. De hecho se encuentra justo antes de la confluencia de los dos ramales del Camino Francés y es uno de los puntos más famosos del tramo navarro del Camino. Lo dejamos para la proxima vez. Y es que dos kilómetros no son nada, pero, hay que andarlos de ida y de vuelta para seguir la ruta. Y eso significa que no son dos, sino 4 como mínimo. Parece poco, es verdad. Pero en realidad es un 20% de lo que teníamos previsto andar ese día. Así es que, se queda en la lista de lugares para la próxima vez.

Poco después llegamos a Puente la Reina y nos paramos a descansar al fresco de la Iglesia del Crucifijo. Aquí fue donde encontré a una nueva compañera de viaje. Mi primera ampolla, junto al talón. Una compañera, la primera, de las muchas que me acompañaron hasta el final. Porque no me abandonaron hasta llegar a Santiago.

El acompañante de viaje más temido

La primera reacción, porque aún no dolía demasiado, fue recurrir a los apósitos específicos para ampollas. Todos conocéis la marca más famosa, así que no seré yo quien haga publicidad de ella. Me saqué la bota y el calcetín y me puse el parche. De nuevo las botas y caminando algo más despacio parecía que la cosa iba bien… Pero solo lo parecía.

Entrada de la Iglesia del Crucifijo, en Puente La Reina
Entrada de la Iglesia del Crucifijo, en Puente La Reina

Puente la Reina es un pueblo típico del camino. Surgido a partir de la sirga, o lugar de paso de los peregrinos convertido ahora en la Calle Mayor que es la vía que conecta directamente con el Puente que cruza el río Arga. A mitad de la calle, como no podía ser de otra forma, la Iglesia de Santiago.

Cruzamos Puente la Reina sin poder poner el sello a nuestra credencial porque la oficina del Peregrino estaba cerrada y en la Iglesia no encontramos tampoco a nadie. Y seguimos camino porque no queríamos retrasarnos mucho ya que el día pintaba caluroso. Después de Mañeru llegamos a Cirauqui y tras una empinadísima cuesta llegamos a la Plaza Mayor con intención de comer. Pero… el único bar que encontramos solo tenía vermuteo. En una mesa estaban todos los jóvenes del pueblo; en la otra, todas las abuelas. Estas fueron las que nos animaron más. Los otros nos verían como unos salvajes, caminando a aquellas horas y con el calor. Y se debían compadecer de los chavales.

Después de reponernos había que buscar un lugar donde comer. Repasando ahora las fotos veo que no era tan tarde, pero el recuerdo que tengo es que llegamos a comer a las tantas, muertos de sed y calor y yo con un dolor de pies insoportable.

Lo que hacíamos al llegar a comer era sacarnos las botas y los calcetines y ponernos las chanclas para dejar respirar a los pies. Pero para mí esto empezaba a ser más doloroso porque a la hora de ponerme de nuevo la bota todavía me dolía más.

Comer de domingo

Comimos de domingo. Los horarios que hacíamos, el cansancio y el calor, y los pueblos a los que llegabamos no nos dejaban hacer una vida demasiado urbanita. Así que decidimos que el domingo, estuviesemos donde fuese, comeríamos de domingo.

Por fin encontramos un restaurante de carretera donde hacían carne a la brasa. La pega es que estaba en las afueras, y en dirección contraria a la nuestra, pero no teníamos más opción. El siguiente pueblo era Lorca y estaba casi 6 kilómetros más adelante. Así que no quedó otra. Menos mal que la comida valió la pena.

Lo peor fue después. Las 4 de la tarde de un domingo de julio no es precisamente el momento ideal para caminar pero, no había más remedio.

De nuevo mirando las fotos, el chivato de las horas nos dice que no fue tanto tiempo lo que caminamos aquella tarde, pero la verdad es que aquel tramo se hizo larguisimo. Menos mal que las zonas áridas se acabaron y que empezaron a aparecer algunas viñas anunciando la proximidad de la Rioja, aunque aun tardaríamos un par de días en llegar.

La entrada en Lorca fue durísima. Con un montón de «repechones» según describía el itinerario de la Guía Eroski, aunque a nosotros nos parecían puertos de primera categoría.

Llegar a Villatuerta se hizo eterno. Nuestro albergue era la «Casa Mágica». Lo escogimos porque tiene piscina y habíamos pensado que los niños se la habrían ganado. Nos hizo una inmensa rabia llegar tan tarde. Era casi la hora de cenar. Justo tuvimos tiempo de sacarnos las botas y darnos una ducha rápida. Menos mal que después de la cena si que tuvimos unos minutos para tumbarnos en las hamacas

La habitación nos encantó. Para nosotros solos y sin literas!! Solo camas!! Los niños estaban encantados de no tener que subirse a la cama.

Este es uno de los albergues que nos apuntamos para la próxima vez, aunque organizaremos la etapa para poder llegar a mediodía y bañarnos por esta vez, y por la próxima. Y también nos daremos un buen masaje reparador, porque solo con ver la sala ya se nos fueron unos cuantos dolores.

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