De Pamplona a Uterga

Cuando decidimos, ya en Pamplona, que a partir de aquel momento iríamos improvisando las etapas día a día y organizándolas a medida que llegásemos al albergue por la tarde, empezamos a disfrutar del Camino de otra manera. Lo importante era ir avanzando día a día. Llegar al final era un objetivo muy lejano todavía. El objetivo era seguir adelante.

Reemprender la marcha

Antes de salir de Pamplona, reservamos el siguiente albergue. Ya habíamos cancelado la reserva que teníamos en Puente la Reina para el día anterior, así que ahora se trataba de ir poco a poco, calculando distancias que pudiésemos hacer con una cierta tranquilidad.

La guía Eroski se convirtió en libro de cabecera porque allí teníamos la información de todo lo que íbamos a encontrarnos a lo largo de la etapa, pero la ayuda y el consejo de la gente con la que nos cruzamos también nos ayudó, bastante. Así, en el Albergue Catedral nos aconsejaron parar antes de Puente la Reina, que aún siendo una de los puntos míticos del Camino nos quedaba muy lejos para un solo día y quedarnos en Uterga, en uno de los albergues de la Red de Albergues del Camino de Santiago en Navarra. Les hicimos caso y reservamos camas en el Albergue Camino del Perdón, en Uterga, a unos 18’5 kms de Pamplona.

Empezamos el día bastante animados, pero salir de Pamplona se hizo largo. Demasiadas calles, demasiados semáforos. Aunque atravesamos zonas ajardinadas, se hace pesado caminar entre tanto asfalto. Menos mal que al ser temprano y sábado no había prácticamente nada de tráfico.

Poco después de dejar la zona urbana de Pamplona, en el área cercana al río Sadar, tuvimos que pararnos porque Marta se quejaba del pie. Este era el mayor temor de todos, que los niños tuviesen ampollas. Porque el cansancio se puede remediar, pero las ampollas nos se las podíamos hacer desaparecer en una noche, ni tampoco podíamos hacer que las sufrieran.

El problema resultó ser el calcetín.

Bueno, en realidad uno de ellos, ya que para evitar el exceso de sudor, hoy llevamos dos. Pero la presión contra con la bota era demasiado fuerte, así que eliminamos uno, y decidimos que ya los cambiaríamos a la hora de comer. Así que con unas tiritas y menos 1 calcetín, seguimos camino de Zizur, donde paramos a descansar unos minutos antes de empezar la subida al Puerto del Perdón, que eran las montañas que nos separaban de Uterga.

A medida que nos alejábamos de la ciudad, y mirando hacia atrás íbamos viendo como la ciudad iba quedando cada vez más pequeña y más hundida el espacio físico de La Cuenca de Pamplona. Con unas montañas que la cerraban por el norte y que nosotros ya habíamos cruzado y las que teníamos delante y que estabamos empezando a cruzar en aquellos momentos. Es otra de las cosas que aprendes en el camino, que las etapas ayudan a cumplir el objetivo, pero que en ellas mismas son también un objetivo.

De vuelta de Santiago

Miquel y Jordi iban delante y Marta y yo unos metros más atrás. Y  no era porque yo la esperase a ella, porque en realidad íbamos al mismo paso. En realidad me pasé casi todo el Camino cerrando el grupo, porque yo era la que caminaba más despacio.

Según seguíamos subiendo empezamos a encontrarnos a gente que iba en sentido contrario. Y nos extrañó. Hacíamos broma entre nosotras diciendo que se habían equivocado de dirección hasta que una pareja nos explicó que estaban volviendo de Santiago. ¿Cóóómo? En ese momento realmente, fli-pa-mos. No se nos había ocurrido nunca que alguien pudiese hacer aquel esfuerzo… de regreso. A día de hoy, claro está.

Pero sí, si. Durante aquella mañana encontramos a varios peregrinos que volvían. Uno de ellos, francés, nos dijo que hacía 3 meses que había salido de Tours y que ya estaba de vuelta porque pensaba que su mujer estaría un poco «mosca». Yo le dije que quizás estaba mucho más tranquila de lo que él pensaba. Pero no entendió la broma, jeje.

Done Jakue Kalea, en Zarikiegi

Después de varias paradas, alrededor de mediodía llegamos a Zarikiegi, un pueblecito muy pequeño, con iglesia románica y albergue. Descargamos las mochilas delante de la puerta de la iglesia y entramos a dar un vistazo. El pueblo tiene pocas casas, organizadas a lo largo de la Done Jake Bidea, la calle Camino de Santiago. Unos metros más adelante nos encontramos con el Albergue de San Andrés donde nos sentamos a comer nuestro «menu del peregrino»: una sopa calentita que nos sentó de perlas, porque aunque no hacía frío, tampoco hacía nada de calor, así que nos ayudó a templarnos en un momento y unas albóndigas con tomate deliciosas.

En el comedor del albergue encontramos una bonita poesía, de las muchas que salpican el Camino.

Camino de Uterga

Subiendo al Monte del Perdón

Ya después de comer, emprendimos el tramo final de la subida al Puerto del Perdón. Los molinos de viento que lo coronan se veían cada vez más grandes y no paraban de girar por el fuerte viento que allí había. Aunque la subida nos hacía sudar, la chaqueta no era ningún estorbo tampoco.

Una horita después llegamos arriba del todo. Una vez hechas las fotos de rigor, empezó la bajada. Y aquí aprendimos que las bajadas suelen ser bastante más complicadas. En este caso ya nos lo habían advertido. Quizas por eso habíamos pensado que sería incluso peor. Con todo, el descenso esta lleno de piedras sueltas que hacen resbalar y tener que ir frenando constantemente. Además, el peso de la mochila te empuja hacia adelante. Finalmente, unos 3’5 kms después llegamos al final del Puerto. Los molinos volvían a ser pequeñitos. Habíamos superado la prueba.

Estabamos en Uterga, y no todavía no eran las 4. Por fin, habíamos conseguido llegar «temprano». Así que una ducha, la merienda y a esperar la hora de la cena… Vida de peregrino.

El albergue Camino del Perdón en Uterga era diferente a los anteriores. Era más grande que el de Pamplona. Estuvimos en una habitación comunitaria en la que había 16 camas en litera, aunque tampoco estaba lleno por lo que tuvimos bastante espacio e «intimidad». Lo mejor fue la megaensalada que nos comimos para cenar y una trucha a la navarra que estaba para chuparse los dedos, gastronomía total.

Después de cenar estuvimos charlando con las chicas del albergue.

Ellas nos contaron el porque hay tantos coreanos haciendo el Camino, algo que en realidad no habíamos percibido todavía, pero que pudimos comprobar el resto del recorrido. Corea del Sur está en el puesto nº 9 de los casi 100 paises que estan representados entre los peregrinos. El éxito en Corea se debe en parte a dos escritoras coreanas, Kin Hyo Sun (autora de una trilogía sobre el Camino Francés, el Camino Portugues y la Vía de la Plata) y Kin Nam Hee (autora de «Una mujer va caminando sola»). Y además, en 2013, se emitió un reality en la televisión coreana en la que 5 jóvenes hacían el Camino. Así que, no hay mucho más que contar. Más de 4.000 coreanos hicieron el Camino el último año.

También aquí descubrimos la vertiente terapéutica del Camino. Una señora jubilada de Uterga nos contó que cada año hacía el Camino desde Roncesvalles a Santiago. La primera vez lo había hecho antes de ser operada de la cadera y al volver, los médicos le habían dicho que ya no era necesario operarla, así que había decidido que aquella sería su medicina. Lo había hecho ya 4 veces y decía que cada vez se encontraba mejor. Más motivaciones para hacer el Camino.

Después de un ratito bien agradable nos fuimos a dormir. A pierna suelta.

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