Los Arcos – Viana

Tras una noche de fuertes tormentas, salimos de Los Arcos en dirección a Viana. La etapa del día era más corta de lo habitual ya que habíamos decidido dividir la distancia hasta llegar a Logroño en dos etapas. De esa forma, queríamos llegar a Logroño a media mañana. Se trataba de poder aprovechar la mayor parte del día en la ciudad. Y descansar.

El plan del día era poder llegar al albergue, por fin, antes de comer y quedarnos en Viana toda la tarde. Tras salir de Los Arcos y caminar durante una hora, nos sentamos junto al Camino a desayunar. Habíamos comprado unas pastas de hojaldre con melocotón y piña deliciosas. Un zumo y algo de fruta complementaban el desayuno. Azúcar en vena desde primera hora de la mañana.

Desayunando camino de Sansol

Durante la media hora que estuvimos desayunando, los ya habituales deseos de buen camino se iban intercalando con los que aproveche en varios idiomas que nos iban deseando todos los peregrinos que nos adelantaban.  No es demasiado habitual encontrar a esas horas de la mañana gente comiendo porque la mayoría de peregrinos lo hacen antes de salir del albergue. Aún menos habitual es que lo  haga una familia entera. Así que de vez en cuando, hasta nos hacían fotos. Ahí conocimos a uno de nuestros «compañeros» de peregrinaje. Un coreano con quien nunca llegamos a hablar pero con el que coincidimos durante varios días. Esa mañana nos pidió hacernos una foto. Igual hasta somos famosos en Corea.

Tocando fondo

Anécdotas a parte, este fue mi peor día en todo el Camino. Mis pies estaban cada vez peor y el dolor de las ampollas era cada vez más fuerte. Los apósitos no me calmaban nada y casi caminaba de puntillas, con el consiguiente dolor en las rodillas y en las caderas. Además, si paraba a descansar, al volver a caminar de nuevo el dolor aún era más insoportable.

Los dos pueblos principales que atravesamos durante esta etapa fueron Sansol y Torres del Río. Están separados por un kilómetro escaso, pero a mí se me hizo eterno. En Torres del Río hicimos nuestra parada de media mañana. Descansamos unos minutos junto a la Iglesia del Santo Sepulcro. Es otra de las iglesias románicas de planta redonda del Camino, parecida a la de Santa María de Eunate. Tampoco la visitamos. Y no tanto porque tuviéramos que desviarnos, sino más bien porque no teníamos muchas ganas de retrasar la llegada a Viana. Otra cosa más para la próxima vez.

Poco después de salir de Torres del Río tuvimos que parar junto a la Ermita de la Virgen del Poio. Mis pies no me dejaban continuar. Junto al merendero de la ermita hicimos aquello que NUNCA hay que hacer con las ampollas, reventarlas. Pero creía que el dolor no podía ser peor. Aunque lo fue. En cualquier caso conseguimos que el líquido interior saliera y durante un buen rato la presión desapareció. A pesar de todo, seguía caminando muy despacio y sin estar convencida de poder continuar.

Finalmente decidimos que Jordi y los niños seguirían a su ritmo hasta llegar a Viana, porque caminar a mi paso hacía que se cansaran mucho más. Así,  ellos continuarían y yo iría, a mi ritmo, haciendo lo que pudiese. La idea era que cuando llegasen a Viana, si yo no llegaba poco tiempo después, los niños se quedarían en el albergue y Jordi volvería a buscarme. Y ya veríamos después qué hacer.

Ángeles de la guarda

Me quedé caminando yo sola, cosa que también agradecí. Sin la sensación de tener que esforzarme todo era más fácil. Esa es también la esencia del Camino: que cada uno lo hace (o lo debería hacer) a su ritmo. Al rato me adelantó un grupo de gente muy animada y me saludaron con el tradicional (y parecía casi irónico) buen camino. SansolUna de las chicas que lo formaban aflojó su paso y me preguntó en inglés si estaba bien. Empezamos a charlar y resultó que ella vivía en un barrio cerca del nuestro, aunque era escocesa. Nuestra vacaciones del año anterior salieron a la conversación y también me contó cómo ella había llegado a Barcelona. Me di cuenta que ahora era yo la que caminaba a su ritmo y que no lo hacía con tanta dificultad como unos minutos antes. Al cabo de un rato volví a ver a los niños y a Jordi y tuve la impresión que aquella chica me había salvado. Distraída con la conversación, el dolor pasó a ser secundario. Además como la ampolla no tenía líquido no hacía tanta presión y con todo había conseguido recuperar el ritmo.

Fue una inyección de moral. Decidí que a partir de entonces no pararía mientras no fuese absolutamente necesario porque lo que más me costaba era volver  a arrancar. Fue curioso, a partir de entonces, ver como yo llegaba al punto en que los niños y Jordi paraban a descansar, pero los adelantaba hasta que un ratito después eran ellos los que de nuevo volvían a adelantarme.

Con esta nueva dinámica conseguimos llegar a Viana antes de comer. Bueno, en realidad lo conseguimos no tanto por la hora sino porque no comimos hasta llegar allí.

Por suerte, esta vez el albergue estaba justo a la entrada del pueblo, así que pude sacarme las botas y curarme las heridas con el antiséptico que teníamos en el botiquín. Aún no lo sabía, pero allí encontré la solución para mis ampollas. No conseguí hacerlas desaparecer, pero aprendí a convivir con ellas, hasta el final.

Iglesia de Santa María de Viana
En la iglesia de Santa María de Viana está enterrado Cesar Borgia

Descanso en Viana

Después de instalarnos y poner una lavadora, salimos a buscar un lugar donde comer. Viana es un pueblo bastante grande y monumental, así que nos acercamos al centro para comer. Cerca de la Plaza de las Fueros encontramos un restaurante, el Bodegón Borgia, y como ya iba haciéndose tarde, no lo dudamos. Miquel y Jordi se zamparon, mano a mano y a pesar del calor, una olla de judías estofadas. Nosotras nos conformamos con una ensalada de tomate y berenjena y merluza a la plancha. Comimos super bien, aunque nos ventilamos el presupuesto de dos comidas en una sola, pero había que compensar el esfuerzo y el sufrimiento del día.

Al acabar de comer, Marta y yo volvimos al albergue y los chicos se quedaron en el centro buscando un supermercado, porque habíamos decidido que para equilibrar el exceso de la comida nos prepararíamos la cena en la cocina del albergue.

Recogida la ropa, por fin secada al viento y al sol de Navarra, y tras cenar una ensalada casera y unos libritos congelados, nos fuimos a la cama.

Una vez ya tumbada y apunto de dormir, me volvió a venir el bajón de ánimos. Las heridas de los pies estaban bien y desinfectadas, pero caminar era casi imposible. Tenía la impresión que no podría continuar y me sentía fatal por ello.

En todo momento  habíamos tenido claro que si teníamos que volver a casa antes de llegar a Santiago lo haríamos. Y teníamos claro que lo que hubiesemos conseguidos sería un éxito, aunque hubiesemos vuelto desde Pamplona. Pero inconscientemente yo siempre pensé que si teníamos que volver sería porque los niños no lo aguantarían. Sin embargo, ellos estaban perfectos!!   Llegaban cansados y sudados al albergue pero tras una ducha y diez minutos de descanso volvían a estar como nuevos.

Me sentía muy mal pensando que si teníamos que volver a casa sería por mi. Y sobre todo porque pensaba que ahora que ellos ya sabían lo que era el Camino se quedarían con una imagen incompleta. Sólo con el esfuerzo de los primeros días, con la dificultad de coger el ritmo. No podríamos convencerles de volver al año siguiente para continuar. Y con esa idea me quedé dormida.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.