La muralla romana de Barcino

Desde su fundación romana en el siglo I aC, Barcelona siempre ha tenido murallas que la protegen. Sin embargo, sus primeras murallas no eran especialmente impresionantes. Barcino fue fundada en tiempos de la Pax Romana establecida por el emperador Octavio Augusto. Eso significaba que en aquellos momentos no era necesaria una gran muralla defensiva.

Así pues, aquella muralla inicial protegía la superficie inicial de la ciudad, unas 13 hectáreas. Medía 9 metros de altura y tenía entre 2 y 3,5 metros de anchura. Se construyó utilizando la técnica del opus quadratum, con sillares y adobe, y solo tenía torres de defensa en sus cuatro puertas, situadas en los extremos de las dos calles principales, el cardus y el decumanus.

Cuando las cosas se complican

Pero durante el siglo III, las invasiones de los pueblos bárbaros se hicieron cada vez más presentes en todo el Imperio y llegaron hasta Hispania.

Después del ataque de los francos a la ciudad, en el año 270, se decidió construir una muralla mucho más resistente. Esta nueva muralla era más alta, unos 12 mts de altura y también más ancha, llegando a los 6 metros de anchura en algunos tramos.

Para construirla, se añadió un muro exterior a la muralla anterior. Lo construyeron con una técnica más avanzada, el Opus Caementicium. El espacio entre ambas se rellenó con restos de todo tipo. Había que construirla rápidamente y se utilizó de todo. Es por esa razón que se han encontrado trozos de lápidas con inscripciones, estatuas, capiteles, pedazos de columnas.

Pero lo que hizo, sin duda, que estas murallas fuesen determinantes fueron sus torres de defensa. A lo largo de todo el perímetro se construyeron 76. Medían 18 mts de altura y estaban muy cercanas entre sí. Esto se hizo para evitar que las catapultas pudiesen destruir los lienzos que las unían.

A todo este recinto amurallado sólo se podía acceder por las 4 puertas que correspondían a los extremos de las calles principales. Las situadas en los extremos del Decumanus, las puertas decumanas, tenían 3 accesos. Los dos laterales eran usados por los peatones y el central, por los carros y los caballos. Estos accesos se cerraban con puertas de madera que se recubrían de bronce para evitar que, en caso de ataque, pudieran ser quemadas.

Una buena inversión

La fortaleza que representaba Barcino en ese momento resultó clave para su crecimiento posterior.

Cuando los bárbaros empezaron a saquear la Península Ibérica, los campesinos se encontraban indefensos. Eso provocó un gran éxodo hacia Barcelona, atraídos por la protección que sus impresionantes murallas les ofrecían. Así, durante los años inmediatamente anteriores a la caída del Imperio Romano, la población de Barcelona creció mucho.

Y es que estas murallas son, seguramente, la razón por la cual, siglos después, Carlomagno le dio a Barcelona una predominancia militar sobre otras ciudades catalanas.

Construidas en el siglo III, fueron inexpugnables durante muchos siglos. De hecho, Barcelona no fue ocupada por la fuerza ni en el 720, cuando capituló ante los musulmanes, ni tampoco en el 801 frente a la conquista de los francos. En realidad, se considera que la única vez que la muralla romana no pudo resistir un ataque fue durante la razzia de Al-Mansur, en el 985. Y estudios recientes ponen entredicho incluso que esto fuese así, considerando que tal vez las puertas de la ciudad fueron abiertas desde dentro.

Con todo, el ataque de Al-Mansur fue lo suficientemente importante como para decidir reforzar esta primera muralla. Aprovechando las torres de defensa romana se construyeron castillos en cada una de las puertas. El más importante fue el Portal Major, en la puerta nordeste, que con tiempos se convertiría en el Castell Vell, residencia del vizconde de Barcelona.

Puedes seguir el trazado de las murallas romanas en nuestros paseos por el centro histórico de Barcelona. Ya sea recorriendo el Barrio Gótico o en nuestra visita a la Barcino romana, podrás ver cómo se ha integrado en la vida cotidiana de la ciudad.

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