Logroño – Ventosa, seguimos

Después de descansar toda la tarde en Logroño seguimos nuestro Camino a Santiago. De buena mañana, un poco antes de las 7 de la mañana, nos ponemos de nuevo en marcha. Tras una noche movida, con rayos y truenos y una buena tormenta, la temperatura es algo más agradable. Mientras esperábamos ayer el autobús para ir al cine, el termómetro marcaba 42º.

Salir de Logroño se nos  hizo de nuevo muy pesado. Y eso que los polígonos industriales quedan al norte. La parte que atraviesa el Camino en su continuación hacia el oeste es una zona ajardinada que conduce hasta el Embalse de la Grajera. Allí, un dique frena las aguas del río Iregua y crea toda una área verde muy agradable.

Finalmente nos alejamos un poco de la ciudad y reaparecen de nuevo los viñedos. En el horizonte, se adivina la silueta del León Dormido, una montaña que forma parte de la Sierra de Cantabria y que separa La Rioja de Euskadi por la parte norte de Logroño. El perfil, que hay que mirar con algo de imaginación, ha dado qué hablar a muchísima gente, incluidos Sancho Panza y Don Quijote. Y como no podía ser de otra forma también nos dio tema a nosotros, que durante un buen rato, fuimos discutiendo sobre si era león o leona; si dormía o solo descansaba; y si vigilaba Logroño, o estaba tan tranquilo tumbado mirando hacia el otro lado.

Curiosidades del Camino

Poco después nos paramos a desayunar en un lugar un tanto «especial». Junto al paso del camino nos encontramos con Marcelino, que es uno de los personajes que te vas encontrando a lo largo del Camino y que forman parte al final del recuerdo que te va quedando. La verdad es que a los chavales les dejó un poco sorprendidos. Primero, por el aspecto, jajajaj.. y luego porque les trató con toda normalidad. Todo el mundo les preguntaba si les gustaba caminar o si se lo estaban pasando bien y él debió dar por asumidas las respuestas, así que les contó un par de historias y nos regaló unas ciruelas, que por cierto estaban buenísimas.

Puesto el sello de rigor, continuamos bastante animados. Llevabamos ya un poquito más de 1 semana caminando y empezabamos a estar entrenados. Una vez pasada la primera hora de andar, en la que estabamos todos medio dormidos y después de la parada del almuerzo, comenzabamos a andar con mucho mejor ritmo. Cantando. O contando chistes. Nos ha tocado la época en que los chistes de los niños solo hacen gracia a sus padres, y aquí no teníamos más remedio que escucharlos, una y mil veces. Y hablando. Preguntando. Porque aquí no vale la excusa del «después te lo explico». Aquí es ahora te pregunto y ahora me contestas. Así que cualquier cosa sirve como tema de conversación.

Charlar sin prisa

Y el camino, si algo tiene, son cosas. Desde el paisaje, a los bichitos, los pueblos, las provincias. Una de las cosas que nos tocó comentar en esta etapa fue el toro de Osborne. Y el tema dio mucho de si. Primero, porque no habían visto nunca ninguno. Así que hubo que explicar que en España hay muchos, aunque en Catalunya solo quedó uno, en la zona del Bruc, que después de ser tirado al suelo dos veces, aun no nos queda claro si está o no, pero nunca lo hemos visto. Y luego, porque al explicarles lo que era, saltó la pregunta: «¿Hacían publicidad con el toro? ¿de bebidas alcohólicas?», y esto ya nos dio para una buena conversación, sobre la publicidad en las carreteras, los anuncios de alcohol, los de tabaco…

Los niños alucinaban de cómo todo eso ahora no se puede publicitar y antes lo veíamos en la tele cada dos por tres.

Así que con tanta conversación, casi sin darnos cuenta llegamos a nuestro destino, Ventosa, a la hora de comer. Una etapa más en la que habíamos conseguido cumplir el objetivo caminando solo por la mañana. Eso sí, tuvimos que acabarla en Ventosa, porque el siguiente punto en el que teníamos albergue era Nájera, y eso representaba caminar 10 kilómetros más. Así que, en esta ocasión, los kilómetros jugaron a nuestro favor y nos quedamos a descansar toda la tarde.

Ventosa es un pueblo super pequeño y el Albergue de San Saturnino, donde estuvimos, es también la tienda del pueblo. Una calle empinada llevaba a los dos bares que hay, donde comimos y cenamos. La tarde, la pasamos en chanclas y con las piernas levantadas. Durmiendo la siesta, leyendo, dibujando, charlando con otros peregrinos. Sin hacer nada en concreto. Tal y como suelen hacer los peregrinos, aunque nosotros aún no habíamos podido hacerlo.

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