Ventosa – Azofra, caminando entre viñedos

Aunque no hay ninguna versión oficial del Camino de Santiago, existen numerosos lugares, ciudades o pueblos que se han ido convirtiendo a lo largo de los siglos en finales de etapa. Ya sea porque disponen de mejores infraestructuras o porque son hitos históricos del camino, son a su vez los lugares más concurridos.

Nosotros intentamos organizar las etapas evitando siempre que nos fue posible esos finales de etapa oficiales. Y ahora, con la perspectiva del tiempo, realmente fue un acierto hacerlo así. Porque es en los pequeños pueblos del Camino, en los que pocos peregrinos paran a pasar la noche, donde encontramos también la tranquilidad y la desconexión que buscábamos. Fuimos conociendo a muchos peregrinos, hablamos con los hospitaleros y en definitiva nos apartamos del Camino más masificado. Al menos, durante las primeras semanas.

Ya nos quedan menos de 600

Así pues, de Ventosa salimos de buena mañana camino de Nájera, uno de los grandes finales de etapa. Poco después encontramos un indicador de distancia. Nos faltaban 593 kilómetros para llegar a Santiago. Unos kilómetros después nos paramos a desayunar junto a un guardaviñas, una pequeña construcción donde ser refugiaban antiguamente los agricultores y los que vigilaban las cosechas. Tras nuestra pausa del desayuno, que ya habíamos integrado muy bien en la rutina diaria continuamos hasta cruzar el río Najerilla.

Después de salir de Ventosa, nos faltaban unos 600 kilómetros hasta Santiago
Después de salir de Ventosa, nos faltaban unos 600 kilómetros hasta Santiago

Al otro lado del río y siguiendo las flechas amarillas llegamos a la Plaza de España, donde sentados a la sombra nos tomamos nuestra dosis de refresco azucarado antes de adentrarnos en la visita del monasterio de Santa María la Real.

Es cierto que de iglesias, monasterios y ermitas las hay como para tener una indigestión (así me lo dijo en una ocasión una de las turistas con las que había hecho el Camino en autocar años antes). Pero también es cierto que no hace falta visitarlas todas. Y menos aún caminando con niños.

Pero hay algunas que son casi visita obligada. Y nos parecía que el Monasterio de Santa María la Real de Nájera era una de ellas. Además, se estaba muy fresquito en el interior. Y esto también hay que tenerlo en cuenta cuando se hace el Camino en verano.

El monasterio fue panteón de los monarcas del Reino de Nájera-Pamplona, antecesor del que después sería el Reino de Navarra.  La  mayoría de los sepulcros de los reyes fueron esculpidos en época renacentista y casi todos ellos estaban decorados con los correspondientes escudos. Miquel que estaba muy interesado en el tema heráldico por aquellos días se pasó media hora dibujando escudos, y Marta buscando los más bonitos según su criterio, para que su hermano los pudiese copiar. Así que ellos distraídos y nosotros, aprovechando para repasar historia y reyes, que es una de nuestras aficiones favoritas.

Najera_Lourdes_en_el_claustro

Pero el monasterio da para lo que da y nosotros teníamos que continuar. Así que a pesar del calor exterior, tuvimos que salir. De todas formas, la distancia hasta la siguiente parada que teníamos prevista, y que además el final de la etapa, era cortita. Poco más de una hora y llegamos a Azofra.

Fuimos los terceros en llegar al albergue después de la hora de apertura. ¡Todo un éxito! Y es que Azofra es un pueblo que solo tiene albergue municipal y aunque es bastante grande, no aceptan reservas. Fue uno de los pocos lugares de todo el Camino donde no se podía asegurar la plaza si llegabamos muy tarde. Así que tuvimos que organizarnos para llegar temprano y solucionamos la cuestión con una etapa más reducida que las anteriores. Poco más de 15 kilómetros.

La noche antes intentamos reservar. Llamé diciendo, con voz de pena, que éramos una familia con dos niños pequeños. Cuando hablábamos con alguien personalmente no podía decir que fueran pequeños: Miquel me superó en altura antes de llegar a Santiago. Pero por teléfono, había que intentarlo. Pero no funcionó.

El responsable del albergue me dijo que no me preocupase. Que el albergue era muy grande. Y que cuando estaba lleno abrían el pabellón municipal. Y que cuando éste se llenaba, la gente del pueblo ofrecía camas. Y que además en aquellos días había poca gente. Esto ya  lo habíamos intuido, aunque no estábamos muy seguros, porque como siempre salíamos más tarde que los demás de los albergues pensábamos que era por eso que encontrábamos poca gente caminando.

Dolce far niente, por fin

La cuestión, volviendo al tema, nada de reserva. Así que nos organizamos para llegar al albergue a temprano y a la 1 y cuarto ya estábamos allí. Nos dieron la 3ª habitación del albergue, porque iban entregando camas a medida que se iba llegando.

Comimos a la hora de comer, y en chanclas, y sin mochila. Después de instalarnos y de ducharnos. Un lujo total. Conseguimos cumplir con la teoría que habíamos buscado desde el principio, aunque tampoco nos duró demasiado el ritmo.

Después de comer volvimos al albergue para hacer la colada. En mitad del patio había una pequeña piscina de poca profundidad, para poner los pies en remojo. Pero siendo la hora de la siesta y con la calor que hacía no había nadie. El hospitalero le dijo a los niños que podían bañarse. ¡Y qué os voy a contar!!  Con dos palmos de agua y además calentita por el sol, se pasaron la tarde en grande.

Así pasamos la tarde. Tendiendo la ropa, recogiéndola y haciendo aquello del dolce far niente que ahora, ya completamente desconectados tras 10 días de caminar, se había convertido en un lujazo. Este era uno de los motivos por los que queríamos hacer el Camino entero y no por etapas, como muchas personas hacen. Después de mucho tiempo organizándonos, disponer de 5 o 6 semanas para hacerlo tenía que servirnos no sólo para llegar a Santiago sino también para desconectar completamente del trabajo y de la ciudad, y para relajarnos. Relajarnos de verdad.

Y parecía que por fin lo estábamos consiguiendo.

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