Zubiri – Pamplona, etapa 2

Uno de los primeros consejos que todo el mundo te da cuando explicas que vas a hacer el Camino de Santiago es que no puedes estrenar el calzado que lleves, sino que lo tienes que tener ya usado para evitar que aparezcan las temibles ampollas. Bueno, desde mi humilde experiencia, no es de eso de lo que depende. Más adelante os hablaré de las ampollas, porque aparecieron, y no fue por culpa del calzado acabado de estrenar.

Y es que las botas con las que Miquel empezó el camino estaban llevadas. Pero igual estaban demasiado llevadas. Y aunque le dijimos un montón de veces que compraríamos unas nuevas antes de irnos para que las fuera llevando, él insistía en que no y que no, que aquellas le iban superbien.

Rompiendo mitos

Las botas no resistieron la bajada hasta Zubiri. Así es que, a las 8 de la mañana, suerte tuvimos de los horarios comerciales adaptados a los peregrinos, porque al salir del albergue las botas se rompieron. Pero justo antes de cruzar el Puente de la Rabia para retomar de nuevo el sendero a la salida de Zubiri encontramos una zapatería con un estupendo surtido de botas. Allí compramos unas Chirucas de las de toda la vida, que fueron las que llevaron a Miquel hasta Santiago.

Compradas, puestas y estrenadas. Todo lo contrario a los consejos recibidos. Así, con un par… de botas nuevas.

En marcha

Puente de Ezcabarte en la etapa hacia PamplonaA partir de ese momento, y algo más descansados que la tarde anterior, emprendimos un nuevo día que creíamos tener bastante organizado.

Desayunamos en el albergue y nos propusimos ir haciendo paradas cada hora u hora y media hasta llegar a Zuriain, una pequeña aldea a unos 10 kms de Zubiri, donde nuestra guía Eroski decía que encontraríamos un par de bares donde comer. El destino, Pamplona.

Durante los primeros días encontramos bastante gente. Son muchos los que empiezan en Roncesvalles y se organizan los 43 kilómetros hasta Pamplona en dos etapas. Es cierto que más de 40 kilómetros en dos días son muchos, pero repartirlos en 3 días hace que las etapas sean demasiado cortas, porque no todos los pueblos disponen de albergue.

Otra opción es repartir los kilómetros pasando de largo de Pamplona para ya dormir en Cizur Mayor, en la subida del Puerto del Perdón. Pero nosotros queríamos quedarnos a dormir en Pamplona. Y poder comernos un helado, unos pinchos, ver la calle Estafeta… En fin, hacer un poco de vida urbana para compensar tanto contacto directo con la naturaleza así de golpe, y que los  niños no estuvieran demasiado fuera de lugar :))

Aprender a improvisar

Pero la situación cambió de repente al llegar al lugar donde teníamos pensado parar. Había un par de bares pero estaban bastante llenos así que pensamos que podíamos seguir hasta el siguiente pueblo, un par de kilómetros más adelante y que allí comeríamos más tranquilos. Craso error.

Al llegar a Irotz, el único bar que había estaba cerrado por obras. El instinto de madre me salió de golpe. Los niños tenían hambre y estaban cansados, y la guía decía que aquello estaría abierto, y no lo estaba. «Ni lo estará en tiempo, señora, qué estamos de reformas», me dijo un albañil desde lo alto de un andamio. Aaaaahggggg!!! Le hubiese mordido!!!

Total, que a seguir. Ahora con más calor, con más hambre y yo con más mala leche… pero con otra lección aprendida: «Más vale bar en mano… que bocadillo por encontrar», adaptando un poco el refrán a las circunstancias.

Después de cruzar varias veces la carretera, de atravesar algún pueblo que dejamos para la próxima vez, de subidas empinadas y de caminar bajo el sol, llegamos a la orilla del río Arga que, por fin, pudimos ir siguiendo bajo la sombra de los árboles, hasta llegar a Villava, el pueblo de Mikel Indurain.

Caminando junto al Arga camino de PamplonaLas 3 de la tarde!!! Un calor brutal y un hambre atroz. Y por la calle principal solo había bares, pero nosotros además de sed, teníamos muuuuucho hambre. Por fin llegamos a una plaza en mitad del pueblo y allí nos sentamos. Jordi, proclamado explorador, se fue a buscar un lugar donde comer y lo encontró. Un kebab!!! Hamburguesas, durum, patatas fritas y coca-cola… Vamos, gastronomía navarra a tope.

Recta final del día

Lo peor fue continuar. Nos faltaba muy poco hasta Pamplona. Siguiendo el río hicimos el tramo final del día. Pasamos junto a la piscina municipal de Burlada. Aiixxx!! El griterío de los niños, el olor del cloro del agua, el calor… fue fatal.

Fue uno de los pocos momentos en el Camino en que pensé que aquello era una putada para los niños. Estaban tan cansados que ni siquiera les daba envidia ver a los otros niños bañándose.

Fue uno de esos momentos en el Camino en que te das cuenta de cosas importantes. Allí pensé que no les podíamos fallar nunca. Que ellos confiaban plenamente en nosotros y que nosotros no podíamos fallarles jamás. Y se lo dije a Jordi, entre emocionada y muy cabreada.

El albergue de Pamplona también lo teníamos reservado, aunque también tuvimos que llamar para reconfirmarlo. Con algo de vergüenza, porque ni siquiera era capaz de decirles cuando llegaríamos. Solo sabía que llegaríamos.

Por fin encontramos un cartel que nos daba la bienvenida a Iruña!!. Ostras, parecía imposible, pero lo habíamos conseguido.

Ahora sólo nos quedaba llegar al albergue. Unos cuantos semáforos nos hicieron parar para ver las murallas de Pamplona que teníamos que cruzar por la Puerta de los Francos. Yo las había visto muchas veces desde dentro, mientras paseabamos turistas con la guía de Pamplona. A veces, mientras nos contaba que las montañas del fondo eran las de Roncesvalles se veía llegar algun peregrino y mis turistas les hacían fotos. Ahora yo estaba allí, viendo la muralla desde el otro lado.

Murallas de PamplonaY desde esa perspectiva, el camino hacía subida!! Estabamos rebentados y eran casi las 6 de la tarde. Madre mía!!! Y nosotros que queríamos caminar hasta la hora de comer y después gandulear!!!

En Pamplona, por fin

La parte vieja estaba petada. Como siempre. Pamplona siempre está a rebentar pero además, los jueves por la tarde hacen el Corretapa, con lo cual aún hay más gente por todas partes.

La sensación que tuve al llegar fue muy extraña. Me sentía como acabada de llegar de otro planeta. No sé si los demás sintieron lo mismo, pero yo me sentía rarísima: era una sensación de anacronismo, como estar en un lugar que no toca, en un momento que no toca… algo difícil de explicar.

Enseguida llegamos al albergue. Cuando vieron a los niños y les dijimos que veníamos de Zubiri, fliparon!!

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